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COMO PACTAR CON EL DEMONIO EN
TIEMPOS POSMODERNOS
"Yo amo a aquel que desea lo imposible". - Goethe.
I
Con el decorado adecuado, las ventanas ciegas y la luz oblicua, el hombre en posición ritual intentó el Conjuro a la manera de los iniciados. La Ceremonia milenaria a la que se sometió, le había tomado años de preparación. Eran innumerables los tratados sobre el tema que él estudió escrupulosamente y que ahora le permitían una invocación unívoca.
El olor a azufre como estaba previsto, lo preanunció. De inmediato, vestido de manera sencilla y sin las dos protuberancias frontales pero con una barba prolija, el Demonio apareció ante sus ojos. Atónito, sin disimular el asombro y sin tiempo para urdir una respuesta peculiar, el hombre se sinceró:
-¡Pensé que no vendrías!
-Imposible, si el Ceremonial se cumple según el protocolo, no puedo dejar de acudir a una cita; ¡es mi trabajo!
El hombre se serenó. Lo había supuesto más agresivo, menos fatigado. Son los años, pensó, y mientras limpiaba sus anteojos con un pañuelo pretendió explicarle el por qué de su demanda. El Otro lo interrumpió apenas el hombre balbuceó las primeras palabras.
-No necesito ninguna explicación -respondió su interlocutor, y se acomodó con desgano en una de las sillas del cuarto, sacó un paquete de cigarrillos y sin convidar prendió uno-. La suerte de tratar con humanos me allana el camino -se ufanó despectivo tirando el humo por la nariz, al tiempo que medía al hombre con la mirada: sexo masculino, apuesto, 45 años, comerciante y según los datos solicitados al sistema, muy ambicioso-. Me convocan y me dicen: "Sr. Mefistófeles, pretendo venderle mi alma"... bah, lo que dicen todos. ¡Qué poca originalidad!... Alighieri, Goethe, Lewis... ¡ellos sí que poseían estilo!
-¡Estás en un error! -Dijo inquieto el hombre-. Esa fue la excusa para que no rechazaras mi solicitud, pero no te llamé para vender mi alma... -hizo una pequeña pausa y agregó casi al borde del pánico-, ¡te llamé para comprar la tuya!
La sorpresa cruzó la cara del Malvado como un latigazo. Un golpe bajo que disimuló con una mezquina sonrisa dentro de su barba prolija. Presumía que el hombre era codicioso, pero no tanto como para intentar comprarle el alma a Él. Evidentemente se trataba de un error. Apagó el cigarrillo sin terminar y dijo severo:
-¿Escuché mal o bromeas?
-No bromeo... no soy tan necio, -titubeó-. ¿Cómo podría yo, apenas un simple humano, tomarte a broma?... -y más aliviado con un permiso se sentó.
El desparpajo del individuo era inaudito; ¡requerirlo a Él con la intención absurda de comprarle el alma! ¡Justamente a Él! Sin embargo reconoció que la idea además de original, lo sacaba del hastío. Sarcástico, dijo:
-Tu omnipotencia es conmovedora, ¡pretender comprarme el alma a Mí, al mismísimo Demonio! Mi imaginación es escasa, muy escasa. -Lo provocó con el afán de divertirse-. No se me ocurre qué puede ofrecerme un humano como tú para despertarme tal interés.
-La respuesta largamente meditada del hombre sonó como un disparo en el recinto.
-¡Mi cuerpo por tu alma!
-¿Tu cuerpo por mi alma?... eres ridículo. Debo tener cara de estúpido. ¡Querer poseerme con tu cuerpo! ¡Ja!
-Perdón. -Se disculpó el hombre-. Quizás no me expresé correctamente. No pretendo poseerte con mi cuerpo, sería insensato de mi parte. Mi cuerpo te lo ofrezco vacío, sin alma y sin voluntad. No seré yo. Serás Tú dentro de mi cuerpo.
El comerciante, idóneo en el arte de la compraventa era audaz y la audacia era una de las debilidades de Mefistófeles. Por eso Éste, en tren de burlarse, decidió continuarle el juego:
-¿Y por cuánto tiempo? Como te restan pocos años de vida... digo. ¿O con la propiedad de mi alma aspiras obtener mi inmortalidad? -Irónico y muy entretenido a costa del sujeto que tenía la audacia de sacarlo del tedio, de la rutina cíclica y eterna.
-Muy poco tiempo, apenas un instante.
-Un instante. Ajá. Bien, en realidad admito que un instante no es mucho tiempo.
-Si me cedes primero un instante de tu alma -respondió el hombre ahora más seguro y menos tenso-, mi cuerpo te pertenecerá por siempre.
Sin los datos del sistema, Mefisto hubiera jurado que el hombre era un demente y éstos estaban eximidos de responsabilidad. Lo descartó. El sistema era eficiente y la posibilidad de una falla era escasa. Continuó con el diálogo porque ansiaba conocer las fantasías que anidaba el sujeto con la propuesta.
-Lo que no logro entender, es para qué quiero yo tu cuerpo mortal y no tu alma inmortal. -Razonó risueño en voz alta el Perverso. La expectativa de seguir divirtiéndose lo excitaba.
-Con mi cuerpo te ofrezco mi presente, no mi futuro -contestó el hombre-, además una oportunidad única para ti -e hizo silencio hasta que la atención del Otro se hizo evidente en su rostro. Entonces dijo con firmeza-: Con mi cuerpo te ofrezco la oportunidad de una Encarnación al igual que Él. ¡Imagínate! ¡El Ángel Rebelde Encarnado! -Y bajó los ojos para ignorar la reacción de su interlocutor.
Apenas escuchó: "te ofrezco la Encarnación al igual que Él", la barba prolija se le desprolijó, las dos protuberancias inexistentes se pusieron rígidas y temblaron como dos senos obscenos-. ¡No tientes al Demonio! -Le gritó furioso golpeando con fuerza la mesa.
Un temblor dominó al hombre. No era su intención encolerizarlo, sino negociar. Respiró hondo, se enderezó en la silla y aparentando una seguridad que no poseía, dijo:
-Mi intención no es otra que concretar una simple operación comercial. -Lo cual era cierto.
Como al Maestro del Mal le fue imposible evitar que la posibilidad de la Encarnación lo intranquilizara, casi pierde el dominio de la escena cuando amenazó:
¡Si tratas de engañarme!... Pero muy curioso por conocer el rédito que obtendría con la transacción, le requirió al hombre explicaciones de la causa, del por qué, del para qué, comprarle el alma por un instante.
-Para mí será un acto único. El todo o nada como en una mesa de juego. -Contestó el comerciante-. ¡No existe parangón de oferta similar en la historia de las compraventas! Necesito ser un ejemplo para mis hijos, para que ellos se sientan orgullosos del oficio de su padre, un oficio tan desacreditado últimamente. Nuestro apellido debe brillar para siempre en los anales de la compraventa.
-¿Aunque te vaya la vida en ello?
-¡Aunque me vaya la vida en ello! Afirmó contundente.
II
El Tenebroso olía a trampa y a mentira y eso provocó su estima. No confiaba en absoluto en el individuo ni en la veracidad de sus justificaciones, pero sabía que el único camino que tenía a su alcance era lograr que siguiera hablando para descubrir las razones últimas, no dialécticas, de esas motivaciones. Luego lo desecharía como a una bolsa de basura. No iba a permitir que un miserable mortal se diera el lujo de pensar que podía engañarlo. De todas manera sólo perdía el tiempo y el tiempo le sobraba.
-Salvo un ridículo plagio, sigo sin entender en que me beneficiaría tu cuerpo. -Mordaz.
El hombre sabía que provocar la vanidad de un contrincante era una táctica falaz. Conocía muy bien el juego, y siempre le había dado buenos resultados. Así que decidió incitarle la Soberbia al decir:
-Eres Diabólico. No te será difícil sacarle ventajas a mi propuesta.
-¿Ventajas?
-Sencillo. Conoces el oficio de tentar, no el placer de ser tentado, -he hizo otra pausa.
-¡No me provoques! -Dijo el Ladino verdaderamente indignado-. Conozco ese placer y me costó demasiado caro para que lo saques a relucir. -Tenía el futuro para castigar tanta imprudencia.
El hombre se acobardó por el paso en falso que causó la ira de Mefisto al recordarle la Rebelión Celestial, pero de inmediato se repuso. Dedujo que lejos de mostrar debilidad debía duplicar la apuesta. La improvisación era su fuerte. Apostaría sus cartas con la mayor pericia posible. Mostró la primera:
-El placer que has experimentado no es nada comparado con el que te ofrezco! -Como si jugara al truco, el hombre tiró sobre la mesa un tres de oro: la Codicia. Para el hombre, la Codicia le exigiría a su Contrincante seguir el juego, matar el tres de oro. El Demonio, al observar los ojos del hombre y ver que no pestañeaban ante su mirada inquisidora, concluyó que el sujeto no era un improvisado. Por el contrario, era un jugador frío y calculador, un fullero; ¿y qué placer podía ofrecerle este mortal insignificante y mentiroso que Él no conociera? Era todo un desafío, porque el humano parecía seguro en su oferta y Él no tenía aún el poder de condenarlo... no todavía. Decidió que por el momento no daría la partida por terminada, aunque por Prudencia, la entibiaría.
La Codicia estaba sobre la mesa como un tres de oro. La Codicia lo empujó a seguir dialogando.
-Pareces más un teólogo que un comerciante. -Dijo adulando el ego del hombre mientras descansaba sus manos cruzadas sobre el abdomen-. Los silogismos fueron siempre mi diversión. Me encantan. Tengo escrito algunos tratados sobre ellos. Adelante. -El ego del hombre... un siete de velos.
El hombre adivinó que debía apostar más fuerte. No perdería la segunda mano. El as de bastos era suficiente.
-El placer de tentar no te es suficiente para ser feliz... -Hizo un silencio premeditado para alertar el interés del Rufián, apoyó sus brazos sobre la mesa y se le acercó. Intimando susurró-: así incitaste al género humano hacia el arduo camino de la culpa y el castigo. -Y el Otro, estupefacto, se vio obligado a escuchar atento el perfecto sincronismo de relojería que tanto conocía a la perfección: Placer, Pecado, Culpa y Castigo.
-Obvio. -Replicó el Demonio. Y con el obvio se desprendió de un cuatro de copas como quien se desprende de una carga molesta.
El hombre descifró que el final del juego se acercaba. Replicó:
-Pero sólo sabes de este placer... el de tentar, digo -dijo como si hubiera dicho que existían otros placeres mayores que Mefisto desconocía y que él, el hombre, se los podía ofrecer-. Lo que desconoces, por no pertenecer a la especie... -otra vez el silencio premeditado-, es el placer que existe detrás de la culpa y el Castigo. -O asestaba el golpe con mucho dramatismo o el negocio estaba perdido-. ¡No hay mayor placer para un hombre que ser perdonado!
Mefistófeles se atragantó. Tosió. Se paró. Apartó la silla a un lado y con el dedo índice empujó el pecho del comerciante que se atrevía a desnudar su ignorancia sobre el placer del Perdón. Y furioso, muy furioso, exclamó:
-¡Vade retro, humano de mierda!
El hombre, que no esperaba tal descontrol, entendió que había abierto una herida muy profunda y sin retorno. Debía arriesgarse al todo o nada. Así que con un gran esfuerzo en la voz remató como si dijera "vale cuatro":
-¡Sé que no conoces la experiencia del Perdón, sin embargo cualquier hombre tiene ese privilegio! -Y para acompañar la importancia de sus palabras también se paró. El as de espadas estaba sobre la mesa: el privilegio del Perdón, el que transformaba al hombre en un Ser Excepcional.
Mefisto, que no daba crédito al rumbo que había tomado la negociación y con un escalofrío en la piel, le escupió en la cara:
-¡¿Acaso te has escapado de los infiernos?!
El hombre, paralizado, sólo atinó a refugiarse en el silencio.
III
El Maligno estaba pasmado: había renunciado a la esperanza del Perdón y ahora este humano... este hijo de humano, le ofrece la Redención. Encarnación y Redención. Destruiría al sujeto como nunca antes lo hizo con ningún mortal. Pero primero debía sopesar el negocio. Dejaría su enojo y su furia para más adelante. No cometería dos veces el mismo equívoco. Tomó el paquete de cigarrillo, sacó uno para si y le ofreció otro al hombre.
-¿Fumas? -Se lo ofreció con rostro angelical y se volvió a sentar.
El hombre lo observó con detenimiento. No se engañaba; su experiencia le hizo adivinar en el gesto conciliatorio un tiempo para la reflexión.
-Gracias. -Y aceptando el cigarrillo y la tregua, también se sentó.
El Demonio estaba fascinado por la idea de un artificio para conseguir el Perdón, pero era importante que el hombre no lo descubriera. Antes de una decisión definitiva debía evaluar la oferta. Siendo humano se dijo, poseyendo el cuerpo del hombre, no era tan insensato pensar en alcanzar la Redención que no pudo como Ángel Rebelde. Admitió que la palabra Perdón en boca del hombre era una vil estocada: Él estaba desterrado de la palabra. Se vengaría. Fríamente. Sin emoción. En el momento oportuno. Poseía la eternidad para esperar. No soportaba la pedante inocencia del comerciante. ¡Venir a comprarle el alma! Calmo dijo:
-¿Fuego?
-Sí, por favor.
Mefisto encendió ambos cigarrillos. La oferta no tenía parangón en la historia de los pactos. Era única. En eso coincidía con el hombre; en eso y en que nunca tuvo la oportunidad de gozar de un cuerpo sin violar la voluntad del cuerpo poseído. Ahora debía concentrarse en el negocio, nada más que en el negocio. Calmo, muy calmo.
-¡Que te quede claro! -Y exagerando ex profeso la amenaza continuó-: ¡Si escondes alguna artimaña, no olvidarás nunca con quién estás hablando!
El hombre dio una larga pitada para disimular su terror y contestó:
-¿Qué artimaña podría ejercer un hombre como yo, en apenas un instante y frente a tu Poder? -Y esperó.
Mefisto, por su parte y sin apuro, se dio un tiempo para analizar la conducta del hombre. Reflexionó que al humano no lo guiaba el orgullo frente a sus hijos, sino la soberbia. La soberbia de realizar el acto comercial más trascendente en la historia de la compraventa. Y la soberbia, pecado grave, se convertía en gravísimo por el sólo echo de citar al Demonio para comprarle el alma y más aún; pretender poseerla por un instante. Sopesó la posibilidad de un discípulo aventurado y advenedizo en la figura del hombre liderando un posible complot en su Reino. A sus súbditos los había adiestrado eficientemente y esa ínfima posibilidad de error en el control nunca le permitía estar tranquilo. No se arriesgaría. Antes del instante a negociar realizaría la investigación correspondiente. De estar todo en orden, el alma del hombre ya era suya. Sólo el venderle su cuerpo lo condenaba. En eso radicaba la necedad del hombre; su doble perdición eterna: cuerpo y alma. ¡Y sólo por un instante!
Una mueca risueña, aduladora y pícara le suavizó el rostro cuando se sintió seguro de la conclusión a la que había arribado. Sin vacilar y con autoridad, dijo:
-El día y la hora la fijo yo. El lugar te lo haré saber cuando corresponda. Enviaré a quien te ponga al tanto de la ceremonia. -Y apagó el cigarrillo.
Un apretón de manos entre ambos bastó.
El hombre quedó petrificado.
Sin más preámbulos el Demonio desapareció.
IV
Una nube incierta de humo en la semipenumbra del cuarto desdibujó por segundos el perfil del hombre: el perfil de un comerciante pensativo, vacilante y temeroso. Docto en la materia, no ignoraba la regla de oro de cualquier transacción comercial: una compraventa recién se concretaba en el preciso instante del intercambio del pago; el de dar y recibir. Tampoco dudaba de la excelencia del negocio acordado; el pacto estaba sellado y Mefisto, justamente por Ladino, no dejaría pasar la oportunidad ofrecida. La confusión del hombre no era tan trascendente como mercantil. Además no podía permitirse ningún desacierto; un paso en falso y su condena eterna era inevitable. Ahora debía evaluar con la mayor eficiencia posible el próximo paso a dar, y para eso sólo tenía que decidir; y decidir era -comerciante al fin-, ¡qué pedirle a Dios en ese preciso instante, por entregarle el alma del Demonio!
ROBERTO SANTIAGO DE BRITO
robertodebrito@hotmail.com
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